jueves, 29 de septiembre de 2011

El Árbol de la Vida

            Cada vez que trato de definir el cine, pienso que el cine es la vida. Porque nos ofrece retazos de ella, de nuestras alegrías, también de nuestras penas, de nuestras risas, y de todo aquello que nos deja alguna huella. Pero, qué decir de una película de cuya sala de proyección, siempre sale algún espectador antes de que termine.

Las películas suelen tener una estructura básica. A través de unos personajes y de lo que les ocurre, nos cuentan una historia, para divertirnos o emocionarnos. Malick nos sorprende con una estructura de cine diferente. Quiere provocarnos la emoción, sin rodeos. Es decir, sin una línea estructurada de acontecimientos que se van desarrollando y relacionados entre si. En El Árbol de la Vida se arriesga mucho viajando directamente al corazón de los personajes, y colateralmente al nuestro. Intenta sobrecogernos mostrándonos el interior de la emoción. Sin los envoltorios propios de una historia normal. A lo largo de varias escenas, aparentemente inconexas, breves y muchas sin diálogos hablados, pero todas con diálogos visuales, representa situaciones de la vida de una familia de los años 50, en los Estados Unidos. Compuesta de un padre, una madre, y tres hijos. Las actitudes del padre, la ternura de la madre, las travesuras de los hermanos; muchas situaciones que cada vez comienzan a hacerse más familiares, con las que el espectador se va identificando. La película va tomando tintes de recuerdos, de vivencias pasadas, a las que al final les aplica el bálsamo del tiempo.

            En El Árbol de la Vida también vemos el origen del universo, los primeros brotes de vida, animales ancestrales, a los que Malick  también hace actuar y nos dejan un poco confusos. Esta película seguramente pasará unos años, quizá décadas, invernando. Pero, el tiempo le hará justicia. Porque nos describe la parte de las personas más universal, el lugar en el que más nos parecemos los seres humanos, para contarnos lo que alguna vez hemos pensado o hemos deseado. Nos obliga a un ejercicio constante de interpretación de lo que vemos, a no descuidarnos en la butaca, y a fijarnos en toda la película. La playa siempre me ha parecido la gran metáfora de la vida. Malick la usa para decirnos, sin palabras, quizá lo que buscamos, lo que deseamos como personas. En esto, El Árbol de la Vida puede ser motivadora, inspiradora. Si no sabes amar, tu vida pasará como un destello, y si no sabes ver esta película, se te hará eterna en tu butaca.

            Brad Pitt construye el personaje del padre, más con sus silencios que con sus gritos. Sean Penn, representa al hijo mayor de adulto. Este actor tan enérgico y de tanto carácter, aquí está desaprovechado por su carencia de diálogos, y porque siempre aparece como si acabara de fumarse un porro. La joven Jessica Chastain tiene la dulzura de una madre, de todas las madres. Puede que demasiado lozana y esbelta para haber parido a tres hijos, y no tener lavavajillas.

            Aunque se entiendan todas las escenas de la película, pienso que los espectadores muy jóvenes no tienen la suficiente perspectiva temporal ni emocional para sentirla en su plenitud. Aunque, ofrece la esencia del mensaje que los padres intentan transmitir a sus hijos, una especie de Paideia. Como en El Indomable Hill Hunting (1997) de Gus Van Sant, en una de las mejores escenas de esta película Robin Williams le dice al superdotado de Mat Damon que es posible que tenga amplios conocimientos de todas las materias, que comprenda todos los planteamientos que le expongan, pero que nunca ha salido de su ciudad, ni se ha enamorado, ni ha perdido a un ser querido, en definitiva que no ha vivido verdaderamente. El Árbol de la Vida le resultará más emocionante a cada espectador, cuanto más haya vivido, más entenderá las miradas, los primeros planos; cuanto más haya perdido, más emocionantes serán las lágrimas que se derraman. Porque al ser humano, no sólo lo define su inteligencia, también sus cicatrices. Algún día caeremos, lloraremos y entenderemos todas las cosas…

            Para ver una película se pueden elegir dos caminos, el comercial y el de la emoción. A los de la segunda opción les digo que aquí la encontrarán desnuda, sin envoltorios, saltará sobre el público y algunos no la reconocerán, o quizá no la aceptarán  de esta manera. En cambio, otros la abrazarán cálidamente. Esta película, sobre todo, es para quien va a una sala de cine y todavía quiere sorprenderse, arriesgarse a encontrar algo no previsto. Porque es como la vida misma, por eso, los que abandonan la sala antes de que termine, es como si se suicidaran.

martes, 20 de septiembre de 2011

La Deuda

Un gran casting, para una buena película. Sam Worthingtong, después de darse a conocer internacionalmente en Avatar, aquí crea el personaje de un frío agente secreto, pero con un gran trasfondo humano. El siempre eficaz Tom Wilkinson, uno de los malos de la película. Pero, sobre todos, destaca la actriz británica, de ascendencia rusa, Hellen Mirren. Algunos la recordamos como la pérfida Morgana en Excalibur, de John Boorman (1981). En esa película, el actor Nicol Williamson, representó al que en mi opinión ha sido el mejor Merlín de la historia. Esta fue la primera película en la que  trabajó Liam Neeson (La Lista de Schindler), también Gabriel Byrne (Muerte Entre las Flores) y Patrick Stewart (X-Men) que con el tiempo llegarían a tener gran renombre cinematográfico.

A través de sus tres principales personajes, La Deuda nos propone un interesante argumento, como es la supervivencia de una gran mentira a través del tiempo. Podemos vivir con ella durante treinta años, viendo como crece, como sus consecuencias afectan a otras personas, a nuestra propia familia. Pero que después de tanto tiempo sacar a relucir la verdad puede hacer tanto daño como nos está haciendo el mantenerla oculta.

Con una muy buena ambientación histórica, John Madden nos cuenta como durante los años sesenta, en plena guerra fría, en el Berlín occidental, un comando de tres agentes, dos hombres y una mujer, del Mossad, encuentran y capturan a un criminal de guerra nazi. Pero, la convivencia entre ellos es algo para lo que quizá no han sido entrenados tan eficazmente como para la lucha urbana. En lugar de llevarlo a Israel ocurre un hecho inesperado que lo impide. Los tres agentes sellan un pacto, que con el tiempo les explotará y salpicará, no solo a ellos mismos, sino también a su familia, y a todo un país.

La película transcurre entre el pasado y el presente, entre escenas de acción y suspense que recuerdan al buen cine de espías de aquella década. Cada uno de estos personajes representa las tres posibles posturas. Una gran mentira hay que mantenerla si eso hace felices a los demás, y sobre todo, si creemos que la verdad nunca se sabrá; hay que decir la verdad, pase lo que pase; y la tercera postura es la duda entre las dos anteriores. La decisión a tomar, acaba saliendo con fuerza desde el interior de nosotros mismos, desde el pasado al presente. Porque las consecuencias de lo que hacemos nos acompañan el resto de nuestra vida.

Quiero hacer referencia a La Hoguera de las Vanidades, de Brian de Palma (1989). En ella, Morgan Freeman, en el papel de un juez, tiene la mejor escena de toda la película. Ante tanta corrupción, mentiras y engaños hace un alegato imperecedero de la honradez, y de la importancia de cumplir la ley. Si alguien tiene oportunidad de verlo, se lo recomiendo.

Como al principio hice referencia a Excalibur, vuelvo a ella para citar una frase de Merlín, que describe muy bien lo que ocurre en esta película. La semilla del futuro ha sido plantada en el presente.

Aunque haya estado un tiempo sin escribir aquí, y prácticamente en ningún otro sitio, por motivos que me habían arrancado las ganas de hacerlo. En todo este tiempo he sabido que no era permanente. Escribir es algo que llevamos en los huesos, en la sangre, en la mirada misma, con la que vemos el mundo y nos lo contamos a nosotros mismos, para después escribirlo. Pero, primero siempre nos lo contamos a nosotros mismos, y eso no he dejado de hacerlo. Podemos abandonarlo un tiempo porque no nos sale nada, porque somos incapaces de sentir lo que antes sentíamos por usar palabra tras palabra. Hasta un día como hoy, en el que vemos una película, y la llama vuelve a encenderse. Sin más.

Puede que también para escribir sea como dijo aquel personaje: Para sacar a Excalibur de la roca, hace falta alguien de corazón puro. Por eso, hoy he vuelto a sentir que soy el Rey Arturo.