En la vertiente sur de Sierra Nevada, abarcando parte de las provincias de Granada y Almería, se encuentra una comarca conocida como La Alpujarra. Pueblos blancos como Capileira, Pampaneira, Bubión, Lanjarón o Trevelez se derraman desordenados por su ladera. Desde siempre, esta región ha ejercido una irresistible atracción para escritores, artesanos, hippies, devotos religiosos, y para mí.
Ugíjar es uno de esos pueblos donde, todos los años a principios de diciembre, se celebra la Expo-Alpujarra. Una feria del turismo, la artesanía y la alimentación de la comarca. Hace al menos una década, cuando mis hijas tenían esa maravillosa edad, en la que yo era capaz de ilusionarlas contándoles historias de todas clases, íbamos a Ugíjar. La Expo se alojaba en una gran nave, allí diversos stands ofrecían sus productos. El placer de mojar pan en un plato con aceite, que nos ofrecían por si queríamos comprar, poco antes de la hora de comer, nos resultaba el colmo de la oportunidad. Igualmente, miel, embutidos, jamones, dulces, todo lo podíamos probar porque todo nos resultaba apetecible. Todos los años comprábamos algo, miel, quesos, embutidos, incluso un jamón.
Al salir, nos acercábamos a Válor, o a Yegen a comer. Entonces, yo les hablaba sobre La Alpujarra, y sobre algunos de los personajes que allí vivieron, y siempre de Brenan, de mi admirado Gerald Brenan. Un inglés que dejó el bombín, para calarse la boina. Por la tarde, buscábamos la casa donde vivió el hispanista en Yegen; nos hacíamos fotos y planes para irnos a vivir en una casita, por aquellos pueblos. A pesar de la oposición de mi mujer, que bromeando decía que a La Alpujarra no se iba a vivir nadie, porque allí no había un Carrefour. Cargábamos el maletero del coche de chaquetones, guantes, bufandas, pastas, dulces, incluso las hojas doradas de los arces que, al caer al suelo, alfombraban nuestros pasos y nuestros sueños. Lo disfrutábamos todo, y aún hoy día me asombro de lo felices que éramos, portadores de un entusiasmo incondicional por estar allí y por nuestros planes para un poco más adelante.
Contrariamente a lo que se piensa, no es que el tiempo sea fugaz, es que jamás podremos retenerlo. Yo dejé de contarles aquellas historias, porque se hicieron mayores como por ensalmo. Nuestras visitas a La Alpujarra se cancelaban cada año, para el siguiente. Hasta que un día, ya no recordaba ni cuando habíamos dejado de hacer aquellos planes para mas adelante. La vida, que engañosamente parece que siempre transcurra igual, evoluciona. Con los años, algunos problemas también se hicieron mayores. Ocasionalmente, dejé de escribir, y cuando inventaba mundos sobre el papel me engañaba al creer que sentía el placer de antaño. Me costaba levantar el vuelo, y solo vivía como uno mas.
Los únicos caminos que nunca recorremos son aquellos en los que no demos el primer paso. Hoy, por fin, hemos vuelto a La Alpujarra. Conduciendo pensaba por qué me gustaba tanto viajar a ella. Pero, al reconocer las cimas nevadas de pureza, los racimos de casas blancas sobre la falda de la sierra, los tonos parduscos y anaranjados de los árboles, y sobre todo, las doradas hojas de los arces que recogíamos, con la ansiedad de quien recoge agua en el desierto, me estaban dando la respuesta.
En Ugíjar, al bajar del coche, he entornado los ojos para inspirar profundamente. Numerosos grupos de personas andando nos han guiado hasta la Expo. Allí, nos es difícil resistirnos a comprar queso, miel, y por supuesto, a mojar pan en el aceite de seductores platos. Hemos vuelto a comer en el Abén Humeya, en Válor. Dentro del restaurante, el sol entraba limpiamente por los ventanales, con la calidez de un viejo amigo. Después, hemos paseado por el pueblo, disfrutando de la indolente atmósfera de la siesta. Sin dar un paso más rápido que otro. Espléndidos olivos, en la orilla de una parcela, nos han acompañado hasta la terraza de un bar. Sentados al sol, hemos tomado un delicioso café. Este entorno de ensoñación ayuda a meditar, y he visto que del mismo modo que el hombre no puede volar por si mismo, el alma con los pies en el suelo es un alma enferma. Si nuestro espíritu no fantasea, no se eleva sobre nuestras cabezas y viaja a infinitos lugares, y a través del tiempo, es que algo grave nos ocurre y necesitamos aliviar nuestro interior. Hoy, el aire me ha devuelto aromas que echaba de menos, porque el corazón también tiene memoria. He vuelto a respirar el aire que atrajo a García Lorca, a Pedro Antonio de Alarcón, a Brenan, al grupo de Bloomsbury, con la propia Virginia Wolf, entre otros. He vuelto a sonreír al recordar a mis hijas correr por allí y asombrarse por el más mínimo descubrimiento que hacían en la naturaleza. A través del tiempo, las he llamado y las dos niñas volvían corriendo a mi, para abrazarnos y yo les contaba como aquel inglés vino a vivir allí, para recibir la inspiración de mil historias y mil poemas que brotaron del vuelo de su alma. Si desde aquellas montañas, lanzamos la mirada hacia el sur, como buscando la mar, quedamos conmovidos por la infinita vista en la que nuestro espíritu se eleva como el humo que se evade de las inconfundibles chimeneas alpujarreñas. Ese vuelo nos es tan vital como la luz del sol, porque es el aire que oxigena nuestros sueños.
He tardado demasiados años en darme cuenta de las cosas importantes que me ensañaron mis hijas. Como el secreto de la felicidad, que reside en tener el corazón repleto de ilusión. No existe nada superior para alcanzarla. Porque no basta vivir, es indispensable volver a alimentar el corazón de ilusión, de abrazos, de planes. Así de sencillo, y ni siquiera es necesario llegar a cumplir esos planes para disfrutar. Volver a buscar y a distinguir los instantes en que el aire nos trae los aromas del alma libre, aromas inmunes e indetectables por la ciencia. El aire que portaba la inspiración de los poetas de La Alpujarra. Ese aire, tal vez efímero, nos ofrece la posibilidad, si la aceptamos, de colmar toda nuestra frugal existencia.
Hoy día mis hijas cada vez son más independientes; mi mujer puede coger el coche y en pocos minutos aparcar en un Carrefour, un Alcampo o un Eroski; y yo tengo un teléfono móvil que, entre otras cosas, hace unas fotos increíbles. Pero, en la balda de una estantería, apoyada sobre el marco de una foto de mis hijas cuando eran pequeñas, una otoñal y dorada hoja de arce me recuerda el aroma del aire de aquellas montañas.





