lunes, 28 de marzo de 2011

Encontrarás Dragones (2011)


            La primera película que vi de Roland Joffé fue Los Gritos del Silencio (1984), y dos años más tarde La Misión. Este director ostenta el privilegio de haber sido el  único en el mundo que ha trabajado con los dos más grandes genios de la música del siglo XX. La banda sonora de la primera fue la única que Mike Oldfield compuso para el cine. La Misión, por su parte, tiene una de las mejores bandas sonoras de la historia del cine, compuesta por el genial Ennio Morricone. Algún día le dedicaremos una entrada, en este blog, a cada uno de ellos. Mientras tanto, ¿A qué espera la UNESCO para declarar la música de Oldfield y Morricone Patrimonio Cultural de la Humanidad?

Joffé es un cineasta serio que por encima del éxito o la mediocridad en la taquilla, imprime calidad en sus trabajos. Sus películas podrán gustar o no, pero no se le puede negar su maestría a la hora de dirigir a toda la orquesta cinematográfica para que trabaje coordinada, sin fisuras.

En el majestuoso y conocido Teatro Cervantes de Almería, acabo de ver su último trabajo Encontrarás Dragones (2011). Estoy empezando a pensar si el cine donde se proyecta una película influye en ella. Como el marco al lienzo.

La primera vez que leí el título creí que se trataba de una historia de fantasía, dirigida a un público pseudo adolescente. Nada más alejado de la realidad. La película narra una historia profunda y desgarradora, ambientada en la España de los primeros decenios del siglo XX. En la que las diferencias entre las personas comienzan a marcar las diferencias entre los bandos que después lucharon en la guerra civil. Joffé, además de dirigir, también es el autor del guión, y hay que reconocerle que lo domina tan bien como la dirección. Rentabiliza el tiempo dedicado a documentarse sobre el período histórico que cuenta,  y  administra bien los giros y sorpresas en la historia.

Los efectos especiales son buenos, porque pasan desapercibidos como tales. El espectador los ve y los incorpora a la historia como un elemento más. La ambientación de la España anterior a la guerra civil, y el cuidado para no cargar las tintas en un bando u otro, pero sin renunciar a mostrar algunas atrocidades, nos delatan que se trata de una producción ambiciosa, tanto en la forma como en el fondo. Considero que las escenas de guerra, los bombardeos y las muertes adquieren un dramatismo que hacen que me pregunte si la calificación para mayores de 7 años que otorga el Ministerio de Cultura es suficiente.

Por ponerle un pero, creo que al principio, los movimientos de cámara son excesivos. Una película nos cuenta una historia, y los espectadores nos metemos en ella con naturalidad. Pero, si la cámara se mueve entre los decorados y los personajes una y otra vez, arriba y abajo, produce una sensación artificiosa que delata  la existencia de la cámara  y  saca al espectador de la pantalla, rompiendo parte de la magia. Pero, también es verdad, que esa sensación se olvida pasado el primer metraje.

            Es de agradecer que en una producción internacional que cuenta una historia española, por fin, no haya personajes que se llamen George, Michael o William, sino Manolo, José María, etc. Pero, sobre todo es de agradecer que Joffé haya huido del maniqueísmo y que trate de contar los actos de los dos bandos sin parcialidad, dejando al espectador que juzgue la historia según su propia interpretación.

            En definitiva, creo que es una película honrada, que no defraudará a quien todavía gusta de ir al cine esperando ver algo más que efectos digitales. El final es duro pero esperanzador. Joffé atrapa al espectador, para que busque explicaciones y forme parte de los personajes que se debaten entre el dolor, la frustración, el arrepentimiento y el perdón, si este último llega.
          

viernes, 25 de marzo de 2011

La Espada y La Taza de Cleopatra


            Recientemente ha fallecido la actriz americana Liz Taylor. Los medios de comunicación hablan de su filmografía, de su agitada vida amorosa, y seguro que de más cosas. Sin embargo, cuando la nombran, y aunque yo era muy pequeño, recuerdo la época cuando vino a Almería a rodar Cleopatra.

            En el levante almeriense, al cruzar el pueblo de San José, desde el cerrillo se divisa la bahía y la playa de los Genoveses. Junto a ella, una gran extensión de tierra entre montes, sirvió a Mankiewicz para recrear en la película, la batalla de Farsalia, entre Julio César y Pompeyo.

            Mis tíos Fernando y Antonio tenían un Land Rover, y además de extras trabajaron de conductores con aquel vehículo. A mi madre, que era su hermana mayor, le regalaron una taza, con la inicial del título grabada, que consiguieron por trabajar en la película.

            Durante mi infancia fui al Colegio de las Hermanas del “Amor de Dios”, tenían su casa en la C/Cordoneros, en el barrio de Pescadería, de Almería. Al lado vivía mi compañero de clase, Segundín. Frente a su casa había una plazoleta donde los niños jugábamos vigilados por nuestras madres. Un día, Segundín salió de su casa con una espada fantástica. Todos nos quedamos boquiabiertos al verla. En aquella época, las espadas que manejábamos eran de plástico blando, monocromático y hueco, o un simple palo. Pero, aquella espada de madera había sido tallada y pintada para darle un aspecto real. Su madre le regaño desde la puerta, para que guardara la espada no fuera que se rompiera. Su padre la había traído porque trabajaba de extra en Cleopatra.

            Sigue siendo una de las películas más caras de la historia. Liz Taylor llegó a cobrar un millón de dólares, de aquella época, por interpretar al personaje. Cada vez que la veo, secretamente me entretengo en reconocer la geografía almeriense. A pesar de los años sigue siendo una película impresionante, que convive con recuerdos imborrables. 

lunes, 21 de marzo de 2011

La Lección


            Rafael Zamora era buena persona y buen profesional. Disfrutaba con su trabajo de operador de cabina, en el cine. Acarreaba los pesados rollos de celuloide de 35 mm., con toda la delicadeza que su edad le permitía. Para después, encajarlos pacientemente entre los engranajes del proyector.

- El rollo de película colocado en posición horizontal, se llama torta. Le decía a su joven aprendiz. 

            Además de proyectarlas, tenía fama de buen crítico. Cada vez que una película se estrenaba en el cine, sus amigos le preguntaban sobre ella.

- Esta es buena. Les decía.

Sus breves palabras eran como la firma de un notario. Nadie preguntaba más detalles. Iban a verla convencidos.

Su trabajo no siempre le permitía sentarse cómodamente durante toda la proyección. Debía vigilar que el encuadre en la pantalla fuese nítido, que no vibrara la imagen, y estar pendiente para cuando un rollo se terminaba cambiarlo por el siguiente, para que los espectadores no sufrieran cortes viendo la película. Sus constantes idas y venidas por la cabina, engrandecían su fama de fino analista cinematográfico. Nada más terminar la primera sesión, ya tenía una opinión formada, no necesitaba meditarla, y siempre daba en el clavo.

En una ocasión, en el cine se estrenó una película, y su aprendiz le preguntó que cuando iba a verla para saber si era buena o no. Entonces, se asomó por una de las ventanillas de proyección. Al rato se volvió y dijo:

-  Esta película no es de las buenas.
-  ¿Pero, cómo lo sabe si no la ha  mirado ni un minuto?
-  Asómate tu. Le dijo Rafael.

El aprendiz también observó la película desde una de las ventanillas de la sala de proyección. El viejo operador le dijo que no mirara la película, sino al público.

-   ¿Al público, para qué? Le respondió mientras bajaba la mirada hacía el patio de butacas.

Rafael, se le acercó lentamente, y antes de hablarle respiró profundamente, dando toda la solemnidad que la revelación de un secreto merece.

-    Si, mientras ve la película,  el público no para de acomodarse en sus butacas, o notas que cuchichea a su alrededor. Entonces, la película es una mierda. Pero, si está inmóvil, como clavado en sus asientos, si parece que nadie respira. Entonces, no lo dudes, esa tiene que ser  una gran película.

(Basado en Hechos Reales)

viernes, 18 de marzo de 2011

Fotos (I). Soñando.

     Gracias a la cámara de mi móvil pude hacer esta foto. Es de trazos tan simples, que si fuese un dibujo, podría haberlo pintado un niño. Sin embargo, cada vez que me la encuentro me quedo un rato, como quien está sentado en la playa, mirando. El barco, el horizonte, el brillo del mar…

domingo, 13 de marzo de 2011

Normas Básicas (II). Corazón en Catarata.


            Un gran caudal de agua cayendo desde una altura considerable es un espectáculo de energía, sin medida ni control. Su cauce arrasa, sin detenerse. Hay ocasiones que las palabras salen en avalancha de la mente. Debemos aprovechar esa oportunidad, para fijarlas en el papel, sin detenernos a controlar su corrección, ni su puntuación, ni su lógica. Ni siquiera sus consecuencias. 

 La película Descubriendo a Forrester (2000), de Gus Van Sant, director más conocido por ¿Ese quien eh? También dirigió El Indomable Will Hunting (1997). Ambas películas son del tipo: Muchacho calorro, pero culto e inteligente en extremo.

Cuenta la historia de la relación entre el escritor William Forrester (Sean Connery), y el joven Jamal (Rob Brown), con inclinaciones literarias. Forrester tuvo un gran éxito con su primera novela, y se le pronosticó una gran carrera literaria. Sin embargo, no volvió a escribir ningún otro libro. De anciano, vive completamente solo en su apartamento. No sale para nada, y una especie de secretario le lleva todo lo que va necesitando, desde comida hasta incluso prendas de ropa. Connery, acepta su edad, ya muy alejada del agente secreto que le dio fama mundial, e interpreta al huraño escritor aprovechando su gesto, y su físico para dar carácter al personaje.  

Por contra, se nos presenta a un joven afro americano inteligente, y escritor en ciernes. Nacido en un barrio marginal, y miembro de una familia de baja extracción social, que nos regala datos, fechas y cifras con las que hace gala de su privilegiada mente. El público queremos que nos cuenten historias fantásticas de personas especiales, capaces de sobreponerse a todo, incluso a su destino. Puede que en la realidad, esas cosas no ocurran, pero nos gustaría que sucedieran. Para que las personas asimilemos la educación y la cultura, hay que comenzar a impartirla lo antes posible, aunque sea disfrazada de divertimento. Ha de aceptarse su existencia y su objetivo.

Estos dos personajes se conocen y comienzan una relación de profesor-alumno. Como ocurre en la mayoría de las relaciones, cada uno de ellos se empapa de la influencia del otro. La película nos cuenta la importancia que cada uno da a la amistad, y a los valores que conlleva, y cómo estos terminan delatando la calidad humana de cada persona. Con la excusa de que Forrester enseña al joven cómo se debe escribir, la película nos muestra algunos elementos propios del arte de la escritura y del amor a la literatura. Quien escribió el guión sabía lo que hacía cuando el personaje de Connery le pide al muchacho que escriba lo que quiera, y este tras escribir un par de frases intenta corregirlas. Connery le reprende diciéndole que no pare, que ya las corregirá después, que se deje llevar y ponga en el papel todo lo que le vaya saliendo. Habrá ocasiones que ante un papel, o un ordenador, las palabras brotarán en torrente. Debemos dejarlas que arramblen con todo. Su cauce será poderoso y tremendamente subyugante.

Una vez hice un vídeo sobre una visita que mi familia y yo hicimos a Londres. Quise incluirle comentarios, y lo que pensé al verlo la primera vez, fue lo que luego intenté recordar para escribirlo casi en su totalidad.

Esta película me regaló otra norma básica. El personaje de Jamal (Rob Brown) dice que después de un punto y seguido no se puede empezar una frase con: Y ... . Puedo asegurar, que desde que vi la película, no he vuelto a hacerlo. Y que conste, que esta regla tenía excepciones.

Esta es una película valiente, porque el director, rechaza el criterio  comercial que domina la mayoría del cine actual, y emplea el lenguaje cinematográfico puro para contarnos la historia. Así, despierta nuestro interés por conocer a Forrester al sugerirlo, sin verlo, tras los visillos de su ventana; fija la cámara en las miradas de algunos personajes; y dispone escenas sin palabras que nos hablan. Una película recomendable, porque transmite la emoción que sintió Mike Rich al escribirla, y la de Van Sant al contarla.

Cuando las palabras fluyen cristalinas, y ellas solas se engarzan formando frases, me dejo llevar por esa corriente. Durante un instante, las palabras tienen un sabor especial. Me hundo en ellas, y respiro bajo la superficie. Para mi, que me gusta escribir, es el mejor momento. El de las palabras puras, sin pulir, aparentemente efímeras y sin contaminar. Son las palabras que alimentan nuestro espíritu, las que vienen desde algún lugar desconocido, pero íntimo. Más tarde vendrá el cerebro, la técnica. Buscaremos los acentos, la puntuación,  la cohesión, y barreremos el sobrante. Nos dolerá y sentiremos desechar frases y párrafos enteros, buscando la perfección. Ya no volveremos a sentir lo mismo. Será otro placer, más medido, el que nos producirá intentar transmitir a los demás una mínima parte de lo que, esas palabras, nos han hecho sentir a nosotros. Quizá por eso escribimos, para contar al mundo el placer de las palabras vírgenes. El de los sentimientos envueltos en palabras.


miércoles, 9 de marzo de 2011

La Experiencia


            Al dimitir Adolfo Suárez, el 23 de febrero de 1981 en el Congreso de los Diputados se votaba la investidura, como nuevo Presidente del Gobierno, de Leopoldo Calvo-Sotelo. El resultado apuntaba a una mayoría simple, avalado sólo por  los votos de su partido. Yo tenía 19 años, creía saberlo todo y el mundo no me asustaba. Aquella tarde, mi padre entró en mi habitación con el cable del auricular, con el que escuchaba la radio, entre sus manos y me dijo:
- La Guardia Civil ha entrado en las Cortes pegando tiros, y los tanques han    salido a tomar la calle.

            Puede que no mencionara a los tanques. Hace tanto tiempo, que a veces pienso que he mezclado lo que supe después, con los recuerdos vividos. Mi madre y yo acompañamos a mi padre, en el pequeño despacho, donde solía trabajar en casa. La radio, tanto entonces como ahora, mantenía la imagen de agilidad y veracidad informativa, que su joven pariente, la televisión, nunca ha llegado a igualarle. En la tele dan el telediario  pero, la radio da el parte. Mi padre no paró de hacer zapping de emisoras, buscando siempre ese último parte.

            Han pasado treinta años, pero aún recuerdo aquella noche. Televisión Española, además de emitir el famoso discurso del Rey, no detuvo su emisión hasta más de las tres de la madrugada. Entre otras, programó una película de Bob Hope, en blanco y negro, que ya entonces me pareció antigua.

            A la mañana siguiente, volviendo de clase, coincidí por la calle con mi amigo Alejandro, y hablamos de lo sucedido. La intentona golpista fracasó, pero sirvió de acicate a la democracia. A los pocos días, se volvió a votar la investidura del Presidente del Gobierno. En esta ocasión, el resultado fue de una aplastante mayoría absoluta, gracias al respaldado de casi todos los partidos. Pero, sobre todo, recuerdo la cerrada ovación que recibió el Teniente General Manuel Gutiérrez Mellado, Vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez, cuando días después regresó al Congreso. Ante los disparos de aquella tarde, fue el único en levantarse de su escaño, y hacer frente, a pecho descubierto, a los guardias civiles golpistas.

             La experiencia no es la simple acumulación de hechos vividos, sino las enseñanzas que somos capaces de aprender de esas vivencias. La sociedad española, como mi amigo Alejandro y yo, volvimos a no temerle a nada. Pero, esa noche aprendimos que hay valores en la vida, como la libertad en la sociedad o el amor en lo particular, que no podemos abandonarlos, confiados en que una vez alcanzados siempre los tendremos. Sino que hay que luchar por ellos, como hizo aquel valiente militar.

domingo, 6 de marzo de 2011

Historias Breves (I)

     Esto era un perro que se llamaba Chiste, se murió el perro, y se acabó el chiste.

Fin
(Abuela Encarna)

jueves, 3 de marzo de 2011

Lo Que El Viento Se Llevó (II)


La idea de Zelnick consistía en buscar un cine de cualquier pueblo aislado, proyectar la película y comprobar si la reacción del público, al verla, era favorable o no. Todo ello, sin que trascendiera. Decidido, preparó todos los rollos necesarios para la proyección completa de la película. Seleccionó a tres de sus más estrechos colaboradores, y metieron las latas con la película en el coche de uno de ellos. Arrancaron el motor y pusieron rumbo a la América profunda.

            Así, llegaron a una pequeña localidad. Buscaron el cine y uno de los colaboradores de Zelnick fue a hablar con el dueño. Podemos imaginar la reacción de aquel hombre, seguramente no podría creer que en su cine iba a proyectarse la película más esperada de los últimos años. Por supuesto que aceptó.

En el cine, estaba programada la película Beau Geste, en la que actuaba la gran estrella, Gary Cooper. Yo la vi en blanco y negro, cuando TVE ponía películas, de este tipo, los sábados por la tarde, durante los años setenta. Contaba la historia de unos amigos que se enrolan en la legión extranjera. Al final, el personaje de Cooper demostró cuan merecido tenía este nombre, Beau Geste, Bello Gesto, Hermoso Gesto, pues realiza una acción heroica en favor de sus amigos.

Era una película para que al cine acudieran familias enteras, padres, niños, y abuelos. Cuando el cine se llenó, y antes de comenzar la proyección, uno de los colaboradores de Zelnick salió y dijo que a continuación iban a proyectar otra película, que no era la anunciada, Beau Geste, pero que estaba seguro que les iba a interesar mucho. De todas formas, si alguien quería salir, se le devolvería el dinero de la entrada; pero si decidían quedarse, no se permitiría la salida de ninguna persona hasta la finalización completa del filme. Recomendaban, telefonear a quien tuviese alguien esperándolos, porque la película que se disponían a ver duraba bastante más de lo normal.

Ante tal introducción, todo el mundo aceptó ver la misteriosa película. Tras apagar las luces, cuando el público vio los primeros planos y comprobó que se trataba de Lo que el Viento se Llevó, rompió en aplausos, silbidos, patadas al suelo, vamos una gran manifestación de entusiasmo al más puro estilo norteamericano.

Al terminar la proyección, todo el público se puso en pie, aplaudiendo, silbando, y demostrando a Zelnick que la película ya era un éxito rotundo. El productor se acercó y habló con algunas de aquellas personas, les preguntó qué les había parecido la película. A todos les había encantado y lo felicitaron, salvo un niño que dijo: La película no está mal, ¿Pero, cuando empieza Beau Geste?

Un tiempo después, Max Steiner terminó de componer la banda sonora, y la música se acopló a la película como un guante, formando un único cuerpo. Setenta y dos años después de su estreno sigue siendo espectacular, más aún, legendaria. Al punto, que si cerramos los ojos y comenzamos a tararear su melodía comprobaremos que, posiblemente, solo hay una cosa en el mundo con más magia que el cine.