Una vez al mes, en el Teatro Cervantes de Almería, la Fundación Unicaja organiza un acto llamado Encuentro con Directores. Consiste en la proyección de una película, al término de la cual, nada menos que el propio director, habla sobre el proceso de producción, y atiende a las preguntas que el público asistente le formula.
La entrada al Teatro es completamente gratuita, gracias a la invitación que la Fundación Unicaja entrega en su sede. Al principio, se realiza una breve presentación de la película y del director. La película se proyecta y al final, tras unos minutos de descanso, el director comenta las escenas, los actores con los que trabajó, las dificultades, etc.
En Almería, no suelen presentarse oportunidades culturales como esta, y la asistencia de público es masiva. Cuando termina, aún con las luces apagadas, se proyectan todos los títulos de crédito. Desde mi butaca agradezco esa catarata de oficios y nombres, que suelo leer como una parte más de la película. Muchos espectadores comienzan a abandonar sus localidades, y no en respetuoso silencio, precisamente. Tres cuartas partes o más de público abandonan el patio de butacas. Mi primer pensamiento, es para la interminable cola que debe abarrotar los servicios. Craso error, porque nadie vuelve. Cuando el director comienza su exposición me doy cuenta, con bastante tristeza, que la interminable cola que yo imaginaba en la entrada de los servicios, en realidad se ha formado en la puerta de salida para marcharse. Deciden no asistir a la verdadera salsa del acto, como son las palabras del director y el posterior coloquio.
Me produce una gran decepción, no sólo como amante del cine, sino también como miembro de la sociedad almeriense, que la gente que abarrota el Teatro Cervantes tan solo venga porque dan una película gratis, al término de la cual, se van sin más. A pesar de rondar el medio siglo de edad, hace solo diez años fui alumno de Empresariales, en la Universidad de Almería. Allí, tuve un joven profesor de Economía Española, una vez nos contó la siguiente historia.
Una noche, andaba Buda con un grupo de discípulos, y al mirar al cielo se detuvo. Vio la luna con una nitidez y una claridad tan diáfana, que le produjo una gran sensación de belleza. Quiso mostrársela a sus discípulos y levantó su brazo, en dirección a ella, señalándola con el dedo. Entonces, todos se quedaron mirando al dedo de Buda.
Que mal, no entiendo que la gente haga eso. A ver si alguno me pilla en Almería, que yo quiero ir.
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