domingo, 13 de marzo de 2011

Normas Básicas (II). Corazón en Catarata.


            Un gran caudal de agua cayendo desde una altura considerable es un espectáculo de energía, sin medida ni control. Su cauce arrasa, sin detenerse. Hay ocasiones que las palabras salen en avalancha de la mente. Debemos aprovechar esa oportunidad, para fijarlas en el papel, sin detenernos a controlar su corrección, ni su puntuación, ni su lógica. Ni siquiera sus consecuencias. 

 La película Descubriendo a Forrester (2000), de Gus Van Sant, director más conocido por ¿Ese quien eh? También dirigió El Indomable Will Hunting (1997). Ambas películas son del tipo: Muchacho calorro, pero culto e inteligente en extremo.

Cuenta la historia de la relación entre el escritor William Forrester (Sean Connery), y el joven Jamal (Rob Brown), con inclinaciones literarias. Forrester tuvo un gran éxito con su primera novela, y se le pronosticó una gran carrera literaria. Sin embargo, no volvió a escribir ningún otro libro. De anciano, vive completamente solo en su apartamento. No sale para nada, y una especie de secretario le lleva todo lo que va necesitando, desde comida hasta incluso prendas de ropa. Connery, acepta su edad, ya muy alejada del agente secreto que le dio fama mundial, e interpreta al huraño escritor aprovechando su gesto, y su físico para dar carácter al personaje.  

Por contra, se nos presenta a un joven afro americano inteligente, y escritor en ciernes. Nacido en un barrio marginal, y miembro de una familia de baja extracción social, que nos regala datos, fechas y cifras con las que hace gala de su privilegiada mente. El público queremos que nos cuenten historias fantásticas de personas especiales, capaces de sobreponerse a todo, incluso a su destino. Puede que en la realidad, esas cosas no ocurran, pero nos gustaría que sucedieran. Para que las personas asimilemos la educación y la cultura, hay que comenzar a impartirla lo antes posible, aunque sea disfrazada de divertimento. Ha de aceptarse su existencia y su objetivo.

Estos dos personajes se conocen y comienzan una relación de profesor-alumno. Como ocurre en la mayoría de las relaciones, cada uno de ellos se empapa de la influencia del otro. La película nos cuenta la importancia que cada uno da a la amistad, y a los valores que conlleva, y cómo estos terminan delatando la calidad humana de cada persona. Con la excusa de que Forrester enseña al joven cómo se debe escribir, la película nos muestra algunos elementos propios del arte de la escritura y del amor a la literatura. Quien escribió el guión sabía lo que hacía cuando el personaje de Connery le pide al muchacho que escriba lo que quiera, y este tras escribir un par de frases intenta corregirlas. Connery le reprende diciéndole que no pare, que ya las corregirá después, que se deje llevar y ponga en el papel todo lo que le vaya saliendo. Habrá ocasiones que ante un papel, o un ordenador, las palabras brotarán en torrente. Debemos dejarlas que arramblen con todo. Su cauce será poderoso y tremendamente subyugante.

Una vez hice un vídeo sobre una visita que mi familia y yo hicimos a Londres. Quise incluirle comentarios, y lo que pensé al verlo la primera vez, fue lo que luego intenté recordar para escribirlo casi en su totalidad.

Esta película me regaló otra norma básica. El personaje de Jamal (Rob Brown) dice que después de un punto y seguido no se puede empezar una frase con: Y ... . Puedo asegurar, que desde que vi la película, no he vuelto a hacerlo. Y que conste, que esta regla tenía excepciones.

Esta es una película valiente, porque el director, rechaza el criterio  comercial que domina la mayoría del cine actual, y emplea el lenguaje cinematográfico puro para contarnos la historia. Así, despierta nuestro interés por conocer a Forrester al sugerirlo, sin verlo, tras los visillos de su ventana; fija la cámara en las miradas de algunos personajes; y dispone escenas sin palabras que nos hablan. Una película recomendable, porque transmite la emoción que sintió Mike Rich al escribirla, y la de Van Sant al contarla.

Cuando las palabras fluyen cristalinas, y ellas solas se engarzan formando frases, me dejo llevar por esa corriente. Durante un instante, las palabras tienen un sabor especial. Me hundo en ellas, y respiro bajo la superficie. Para mi, que me gusta escribir, es el mejor momento. El de las palabras puras, sin pulir, aparentemente efímeras y sin contaminar. Son las palabras que alimentan nuestro espíritu, las que vienen desde algún lugar desconocido, pero íntimo. Más tarde vendrá el cerebro, la técnica. Buscaremos los acentos, la puntuación,  la cohesión, y barreremos el sobrante. Nos dolerá y sentiremos desechar frases y párrafos enteros, buscando la perfección. Ya no volveremos a sentir lo mismo. Será otro placer, más medido, el que nos producirá intentar transmitir a los demás una mínima parte de lo que, esas palabras, nos han hecho sentir a nosotros. Quizá por eso escribimos, para contar al mundo el placer de las palabras vírgenes. El de los sentimientos envueltos en palabras.


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